En el nº 428 de su Autobiografía, el P. Claret escribió lo siguiente sobre la virtud de la pobreza de Jesús: “Un sayal en toda su vida, que le hizo su madre, y un manto o capa, y aún se lo quitaron, y murió desnudo, descalzo y sin sombrero ni gorro”. Escribía Díaz-Plaja: “Parece ser que la sociedad del siglo XIX tenía un apego casi idolátrico al sombrero. Prescindir de él se consideraba una grave descortesía. Salir destocado era inconcebible”. Dicho esto, podemos entender la pequeña historia que estoy por contaros.
Corría el mes de octubre del año 1862. Un misionero claretiano, el P. José Casanovas, había sido destinado a la nueva comunidad de Segovia. Para ello tenía que hacer un larguísimo viaje desde Barcelona. Primero en barco hasta Valencia y luego en diligencia a Madrid y desde allí en ferrocarril a Villalba y a continuación en diligencia a Segovia. Y voy a dejar al protagonista que nos cuente lo que ocurrió: