El P. Adolfo Lamata ha dirigido una carta a la para acompañar el proceso hacia el XXVII Capítulo General
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20. ENCENDAMOS UNA PEQUEÑA LUZ
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20. ENCENDAMOS UNA PEQUEÑA LUZ
Pocos recuerdos quedan del P. Manuel Pardinilla. Seguro que es la primera vez que muchos oís hablar de él. Es normal. Era uno de los cuatro primeros jóvenes claretianos que fueron destinados hacia el año 1888 a estudiar a Roma, enviados por el P. José Xifré.
Los otros tres eran: Mariano Aguilar, Juan Ayneto y José Busquet.
Este joven de 21 años, con un futuro increíble, que conocía el francés, el inglés, el alemán, el italiano, el griego, el hebreo y de un modo particular el latín; que se doctoró en Derecho civil y canónico en 1889 obteniendo el primer premio en la clase de Institutiones Iuris Civiles
y el segundo en la de Institutiones Iuris Canonici; que fue profesor de Sagrada Escritura y Derecho Canónico, con 25 años, en el Teologado de Santo Domingo de la Calzada; este joven, decimos, no ha dejado apenas huella de su paso por la Congregación.
Pero ¿por qué nos hemos detenido en este caso tan particular? Sólo se debe a una información que se puede leer en la necrología de este Padre, uno de los que se atrevieron a hacer algunas serias indicaciones al P. José Xifré en torno, particularmente, a la borrascosa división de Provincias de 1895, lo que le supuso innumerables disgustos.
El que en abril de 1895 hizo llegar a Roma las famosas acusaciones de abuso de autoridad contra el P. Xifré.
Una vez despojado de sus cátedras y destinado al trabajo de la predicación itinerante en la pequeña comunidad de Ciudad Real por el P. Xifré, el P. Pardinilla, aquel brillante estudiante y profesor, se vio de repente dedicado a la predicación popular. Cuenta el cronista:
“hizo una brillante campaña apostólica en el pasado curso de Misiones, en que recorrió todos los pueblos de esta diócesis enclavados en los frondosos y quebrados montes de Toledo.
Hubo días en que, para ir de un pueblo a otro, tuvieron que andar unas doce horas a caballo, o montados en humildes jumentillos, trepando montes, atravesando valles y torrentes y serpenteando al borde de profundos precipicios”.
Y añade: “Paréceme oportuno aquí hacer notar que, a pesar de sus grados académicos y brillante carrera, siempre fue con alegría a predicar aun a los pueblos más pequeños y apartados, sin que ninguno de nosotros le haya oído la menor queja ni observado señal alguna de disgusto”.
El P. Manuel Pardinilla moría poco después de un año debido a una neumonía provocada por la fidelidad a su compromiso misionero. Tenía 31 años.
Seguramente lo que os hemos contado no es de mucho interés, pero nos da pie para encender una pequeña luz en el cielo estrellado de nuestra Congregación.
Es pequeña, pero puede iluminarnos sobre lo que debe de ser hoy un buen misionero: el que está siempre disponible, siempre alegre, siempre en sintonía con los más humildes hasta el sacrificio de su vida.




