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Más allá del ladrillo caravista: la misión de acompañar en el corazón del barrio Tetuán-Ventilla

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Al norte de la capital, el paisaje urbano de Plaza Castilla impone su ley de cristal y hormigón. El perfil de las Torres Kio y el desarrollo de Madrid Nuevo Norte configuran una postal de modernidad deslumbrante que, a menudo, actúa como un espejismo. Sin embargo, a ras de suelo, entre las calles que vertebran los barrios de Tetuán y la Ventilla, la realidad humana late a otro ritmo. Allí donde hace décadas se levantaban chabolas y casas bajas, hoy se erigen bloques de ladrillo que, si bien camuflan, albergan en su interior las mismas heridas de siempre: dolor, escasez y, sobre todo, una profunda soledad no deseada entre los mayores.

En este escenario de contrastes es donde cobra sentido el ministerio de Jorge Domínguez, misionero claretiano y párroco de la Unidad Pastoral Corazón de María. En una nueva entrega de la sección ‘Ser cura en Madrid’ del semanario Alfa & Omega, conducida por Luis Miguel Modino —recientemente nombrado director de Desarrollo Comunicativo y Contenidos del Arzobispado de Madrid—, Domínguez repasa con lucidez qué significa ejercer el sacerdocio desde la vida religiosa en una gran urbe contemporánea. Para él, la respuesta se resume en un verbo: «Acompañar».

Romper los guetos de la comodidad

Frente a la tradicional compartimentación que a veces aqueja a las estructuras eclesiásticas, la experiencia de Jorge Domínguez en Tetuán se presenta como un laboratorio de lo que el Papa reclama como sinodalidad. Tras siete años como arcipreste, el religioso claretiano relata con orgullo cómo han logrado derribar barreras invisibles. En un territorio donde coexisten parroquias gestionadas por jesuitas, claretianos y el clero diocesano, la clave ha sido «alzar la mirada» más allá de las fronteras de los templos propios.

«Lo que cuesta es pensar que yo lo hago todo bien», confiesa Domínguez a Modino con una honestidad desarmante. Para combatir ese ensimismamiento, el arciprestazgo ha consolidado hitos prácticos como un consejo pastoral conjunto y una Cáritas arciprestal con tres puntos de acogida coordinados. Acudiendo a la sabiduría popular del Camino de Santiago, el párroco sentencia: «Si quieres ir rápido, camina solo; si quieres ir lejos, camina en grupo. Si queremos llegar lejos en Madrid, tenemos que caminar juntos».

Esta dinámica de comunión adquiere una relevancia especial ante la inminente visita del papa León XIV a la archidiócesis. Para el clero madrileño, el viaje pontificio no puede ser un evento efímero de fuegos artificiales. Domínguez insiste en que el verdadero reto comenzará en septiembre, cuando el eco de la visita deba traducirse en un fortalecimiento comunitario que defina «qué Iglesia y qué sacerdotes necesita Madrid en este momento».

Un regalo de «vida y fe» que llega de Filipinas

Uno de los mayores tesoros de esta unidad pastoral —que engloba a las parroquias de Nuestra Señora del Espino y Nuestra Señora de Madrid— es la Capellanía Filipina, un pulmón espiritual que cumple ahora 40 años desde sus primeros pasos en los años 80. Conducida desde hace tres décadas por los Misioneros del Verbo Divino, la capellanía se asentó definitivamente en Nuestra Señora del Espino en 1996.

Los domingos por la tarde, el templo se transforma. Los bancos se llenan por completo en unas celebraciones que alternan el inglés, el castellano y el tagalo. Para Domínguez, la comunidad filipina no es un elemento aislado, sino un «regalo para la diócesis» que aporta una religiosidad popular vibrante y un compromiso social inquebrantable. «No queremos hacer guetos de fe ni de vida», recalca el claretiano, subrayando la importancia de que los migrantes mantengan sus raíces identitarias mientras se integran plenamente en la vida comunitaria del barrio.

Una Iglesia con el despacho abierto y los pies en la calle

Hacia el final de la conversación, Modino interroga al entrevistado sobre los pilares fundamentales que deberían sostener la vida de cualquier presbítero en la capital. La receta de Domínguez combina mística y asfalto. Por un lado, sitúa la oración no como un deber funcionarial, sino como la «fuente» imprescindible: «Cuando eso falla, falla todo lo demás».

Por otro lado, exige una presencia física y cercana. Antes de teorizar sobre una «Iglesia en salida», el párroco aboga por algo más básico: mantener «el despacho abierto» y patear la calle. Para el religioso, el sacerdocio también se valida cuando los vecinos le reconocen en el pasillo del supermercado y le saludan cotidianamente.

El diálogo concluye en el mismo tono distendido y de complicidad con el que empezó. Al despedirse, Luis Miguel Modino agradece un testimonio que, en sus palabras, «enriquece tanto a religiosos como a curas diocesanos». La entrevista termina, pero en Tetuán las puertas siguen abiertas; la tarea de descubrir la presencia de Dios en medio del desconcierto urbano no da tregua.

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