Un momento para escuchar la presentación del curso de formación para la Congregación y compartir con el prefecto general de pastoral el momento en que se halla nuestra pastoral
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8. LA IMPORTANCIA DEL SOMBRERO
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8. LA IMPORTANCIA DEL SOMBRERO
En el nº 428 de su Autobiografía, el P. Claret escribió lo siguiente sobre la virtud de la pobreza de Jesús: “Un sayal en toda su vida, que le hizo su madre, y un manto o capa, y aún se lo quitaron, y murió desnudo, descalzo y sin sombrero ni gorro”. Escribía Díaz-Plaja: “Parece ser que la sociedad del siglo XIX tenía un apego casi idolátrico al sombrero. Prescindir de él se consideraba una grave descortesía. Salir destocado era inconcebible”. Dicho esto, podemos entender la pequeña historia que estoy por contaros.
Corría el mes de octubre del año 1862. Un misionero claretiano, el P. José Casanovas, había sido destinado a la nueva comunidad de Segovia. Para ello tenía que hacer un larguísimo viaje desde Barcelona. Primero en barco hasta Valencia y luego en diligencia a Madrid y desde allí en ferrocarril a Villalba y a continuación en diligencia a Segovia. Y voy a dejar al protagonista que nos cuente lo que ocurrió:
“Como la diligencia también venía con el ferrocarril, yo no me llevé ni el sombrero ni el pañuelo, ni nada, pensando que lo encontraría en la estación de Villalba… El tren se detuvo en Torrelodones; yo pregunté ¿es aquí Villalba? y los compañeros me dijeron que sí; al momento bajé, y, cuando estaba apeado, viendo que los que íbamos en la diligencia no bajaban, volví a preguntar: qué ¿no está aquí Villalba? y me dijeron que no. Al punto voy para volver a subir, pero el ferrocarril estuvo ya arrancado y no pude subir, y de esta manera quedé en medio de la carretera sin sombrero, sin dinero, sin nada con que comer y tan lejos de mi país, sin conocer a nadie.
Cuando hube hecho media legua de camino, encontré a dos labradores que estaban bebiendo, y les pedí si querían darme un sorbo y muy generosos me lo dieron, y allí les expliqué mi desgracia y entonces ellos me guiaron que fuera a Collado-Villalba, que allí en una misma casa encontraría un boticario y el Sr. Cura, quienes no me dejarían ir sin socorro. Efectivamente, así lo ejecuté: llegué allí y les expliqué todo lo acontecido, y fui muy bien recibido. Allí me dieron muy bien de comer y beber, y mi intento era de pedir si querían prestarme el sombrero y marcharme[1], prosiguiendo el camino; pero ellos de ninguna manera lo consintieron; dijéronme que yo estaba bajo su dominio y que les había de obedecer en todo”.
No es el caso de continuar con la historia. Nuestro objetivo era seguir las huellas del sombrero de aquél buen claretiano. Benditos los que ahora tienen que viajar a Segovia. No sólo el viaje se les hará más corto y agradable, sino que, además, no tendrás que preocuparse si se les olvida el sombrero. Si aún lo usan.




