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Celebrar con alegría el don de la vida consagrada

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En muy pocos días del año no cabe reseñar una actividad de san Antonio María Claret con alguna comunidad religiosa. Sería interesante contar cuántas puertas cruzó el santo misionero para acercar la Palabra de Dios a quienes intentan vivir respondiendo a ella en una vocación de especial consagración.

Claret no fundó los Misioneros Hijos del Corazón de María para atender la vida consagrada, pero dada su concepción de Iglesia misionera en la que todos los bautizados son ungidos para anunciar la buena noticia no es extraño que hayan sido cientos los claretianos que han servido y sirven a sus hermanos consagrados, y que la Congregación sea conocida en muchos países por este particular servicio.

Consagrados especialmente dedicados a los consagrados

No en vano sus centros superiores especializados, dedicados a animar a las personas consagradas, son un caso muy particular en la Iglesia de los siglos XX y XXI. Precisamente en 2021 cumplen su medio siglo de vida los institutos de vida consagrada de Madrid y Roma de cuyas fuentes, docentes y escritas, han bebido miles de bautizados y sin los que es muy difícil entender el caminar de la vida consagrada posterior al Vaticano II.

Decir servicio claretiano a la vida consagrada es decir Severino María Alonso, Ángel Aparicio, Jesús Álvarez, Rafael Gómez, Fernando Sebastián, Manuel Orge, Lucas Gutiérrez, Mariano Martínez (por ceñir la lista únicamente a los difuntos y a España). Pero decir servicio claretiano a la vida consagrada es evocar los micrófonos ante los que han tomado la palabra de J. M Tillard a J.B. Metz y Juan Alfaro pasando por los cardenales Pironio, Tarancón, Blázquez y Tagle; Xabier Pikaza y Rafael Aguirre, Olegario González de Cardedal y Andrés Torres Queiruga, Juan de Dios Martín Velasco e Ignacio Iglesias; Bernard Häring y Marciano Vidal; Evangelista Vilanova y Leonardo Boff. Es evocar lecciones, no digamos páginas escritas por varones y mujeres ya desde el minuto cero: Ana María Schlüter, Cristina Kaufmann, Adela Cortina, Mercedes Navarro, Rita Burley, Begoña Isusi, Joan Chittister, Lola Arrieta... La lista ocuparía varias páginas.

Pero estos servicios postconciliares, con los que camina también desde hace medio siglo Publicaciones Claretianas con su amplio catálogo de obras y autores, arrancaron de la mano de las más veteranas y muy vivas Vida Religiosa (1944) y Commentarium pro religiosis et missionariis (1920), aún editada hoy en Roma. Todos juntos, con los jovencísimos institutos de vida consagrada de América y África, los ya talluditos de India y Filipinas, y las iniciativas impulsadas en otras iglesias (Indonesia, Polonia, Reino Unido, México…) crean una amplia red mundial que tiene marca y sello.

En el mundo entero y en cada lugar

En este 2021 en el que se celebra la vigésimo quinta Jornada Mundial de la Vida Consagrada, los Misioneros Claretianos sienten una alegría especial, y respetando las medidas de la pandemia volverán a unirse en decena de diócesis a la Iglesia local para dar gracias a Dios por este don y sonreír y alabar a Dios con los hermanos y hermanas agraciados con otros carismas.

Caracterizados también por su inserción en los presbiterios locales y en las diócesis, no es extraña la presencia de los Misioneros en las juntas y coordinadoras de las conferencias de religiosos ni en las vicarías y delegaciones diocesanas de vida consagrada. En las últimas décadas ha habido claretianos en estos servicios en las diócesis de Logroño, Valencia, Santander, Tui-Vigo, en la Confer Nacional y en no pocas diocesanas, caminando (como hace siglo y medio hacía Claret) con sus hermanos y hermanas. Mons. Luis Ángel de las Heras, obispo de León, preside hoy la comisión episcopal para la vida consagrada de España. En el último capítulo general de la congregación tomaron asiento miembros de los equipos directivos de las conferencias de religiosos de Chile, España, Nigeria y Portugal.

El lema de la Jornada de este año, y su apelación a la vivencia de la fraternidad en un mundo especialmente herido, toca también la fibra de la Congregación: las personas consagradas no son más que nadie; al revés, son discípulos heridos, frágiles, temerosos, elegidos por la gracia para brillar en la debilidad pero enviados a ayudar a que el vino y el aceite del evangelio alegren y sanen. Sigamos camino: nos ha tocado un lote hermoso; nos encanta nuestra heredad.

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