10 y 24 de mayo. Acto Académico de Clausura del curso 2025-2026 de los Colegios Mayores Alcalá y Jaime del Amo
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10. PELIGROS EN EL AIRE
Enlace para ver el vídeo: https://www.youtube.com/shorts/03rBqUouWX0
10. PELIGROS EN EL AIRE
Cuando San Pablo escribió su segunda carta a los Corintios, entre los peligros en ríos, en despoblado, en el mar… no pudo incluir “peligros en el aire”. Pero ha habido misioneros que sí los han experimentado, como el aviador claretiano Alcides Fernández en Colombia. Él tuvo, además, la buena idea de publicar algunas de sus aventuras. Hoy le dejamos que nos cuente una de ellas. Fue en un vuelo en solitario de Acandí a Turbo.
“Volaba a tres mil quinientos pies sobre el mar cuando noté algo anormal y el motor empezó a fallar. Por fin el motor terminó por apagarse. Sin pérdida de tiempo, puse en práctica todos los procedimientos de emergencia anotados en los manuales de vuelo. Llamé inmediatamente a la torre de control de Turbo y anuncié que me hallaba en estado de emergencia. Con calma, sin premura, sin que experimentara la menor turbación, agoté todos los recursos del planeo, hasta que tuve la seguridad de que alcanzaría la isla de Las Margaritas, que ya se veía claramente a la proa del avión. Fue entonces cuando volví a llamar a Turbo. En forma clara y distinta dije por la radio cuatro veces: "El HK 394 P en emergencia. Estoy cayendo sobre la isla de Las Margaritas". Ya no pude transmitir ninguna comunicación más. Un amigo piloto que me escuchaba en vuelo siguió paso a paso todos los detalles de la emergencia. Me contaba más tarde, la impresión que le produjo, cuando todo quedó en silencio y se perdió todo contacto con el avión. Con mucho salero dijo a sus acompañantes: ¿En qué terminaría el pobre pendejo?
La emergencia se hizo aprovechando todo el terreno disponible y cayendo con precisión en los primeros palmos de tierra firme. Pero infortunadamente, debajo de la yerba y de los pangales acechaban los troncos. El avión rodó cincuenta y tres metros, y roto el amortiguador de la rueda de nariz por los tropezones, dio una vuelta de campana y quedó de espaldas entre el fango. Quedé colgado del cinturón de seguridad. Olía a gasolina etílica. Pensé en la posibilidad de un incendio. Pero cuando vi que nada sucedía, me hice calma para no causar otros daños adicionales. Busqué la manija de la cerradura. La puerta abrió con facilidad y me deslicé por el ala.
Cuando salí a la playa noté la camisa con manchas de sangre. Solo entonces me di cuenta de que tenía heridas de poca importancia. La isla Margarita, la encontré deshabitada y selvática. Inútilmente busqué habitantes en una cabaña abandonada. Sólo encontré botellas vacías de "Platino" y chorriones de parafina, formando cuadro en el piso, como los restos de un velorio chocoano. En la playa sucia y pantanosa, vi restos de babillas con el esqueleto limpio y repelado. Cerca, en las arenas, descubrí claramente huellas de tigre, plenamente reconocidas por los bogas que más tarde vinieron en mi auxilio.
Nubes de mosquitos del tipo llamado "jején", atraídos quizá por la sangre de la pequeña hemorragia, se pegaban a la cara y adherían a la ropa, con una terquedad desesperante. Para librarme del tormento, extraje gasolina de los tanques y me bañé con ella todo el rostro y las manos. Dos horas habían pasado, cuando de repente escuché el ruido familiar de un motor de borda que se acercaba a la isla”.
De buenas se libró San Pablo.




