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13. CLARET EN HONDURAS

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13. CLARET EN HONDURAS

Alguien dirá, en seguida, que Claret nunca estuvo en Honduras. Bueno, eso pensaba el P. Domingo Solá hasta que llegó en 1893 a San Pedro Sula con la intención de fundar allí la congregación.

Pero vayamos poco a poco. El P. Xifré había aceptado la solicitud del obispo de Comayagua, Mons. Manuel Francisco Vélez, pidiéndole una fundación de los Misioneros Claretianos en aquel país. Seguramente recordaba la carta que le había escrito el P. Claret el 16 de noviembre de 1869 comentándole la propuesta del Sr. Obispo de Unduras (sic) de fundar en aquel país de la “viña joven”.

No dudó Xifré en encargarle el delicado y difícil cometido de explorar las posibilidades al P. Domingo Solá, que en aquel entonces se encontraba en México con el fin de establecer allí la Congregación.  

El P. Solá partió el 29 de octubre de aquel año desde Toluca para emprender una larga y muy arriesgada expedición. Primero Luisiana, después de tres días de ferrocarril. Luego en un vapor desde Nueva Orleans por el caudaloso río Missisipi a Belize. Y, finalmente, por mar a Puerto Cortés, en Honduras, a donde llegaba el 7 de noviembre. De allí, en ferrocarril, hasta San Pedro Sula, desde donde partió a caballo hacia la ciudad de Ziguatepec, residencia ordinaria del único obispo de Honduras. 

Pero vayamos a lo que nos interesa. Una de las cosas que más llamaron la atención del P. Solá, fue la extraordinaria devoción que profesaban allí el clero, incluso el Obispo, y los simples fieles al P. Claret. Ese hecho se debía a un sacerdote español, llamado Manuel Subirana, condiscípulo del P. Claret y al cual había acompañado a Cuba en calidad de misionero cuando aquél fue nombrado Arzobispo, y a cuyo lado estuvo cerca de seis años. Subirana había recorrido la mayor parte de la República hondureña, haciéndose popularísimo, y había comunicado a la gente la devoción que profesaba al P. Claret, cuando todavía faltaban cuarenta años para ser beatificado.

El 23 de septiembre de 1858 el P. Claret había escrito desde Madrid al P. Juan Nepomuceno Lobo: “He tenido carta del P. Subirana que con sus Misiones hace prodigios en Honduras”.

Uno de los prodigios fue, sin duda, el haber hecho posible la presencia de Claret en aquellos pueblos.

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