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Año nuevo: es hora de espabilarse

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Lo hemos oído muchas veces. No es extraño que unos políticos acusen a otros de desconocer ‘la España real’. Las mejores tradiciones de pensamiento invitan a conocer ‘la realidad’. Uno puede vivir engañado, anestesiado, medio dormido. También es verdad que todo grupo intenta, consciente o inconscientemente, que algunas cosas no se vean. A nadie le agrada que lo feo, lo desagradable, lo no conseguido se perciban con claridad.

El papa Francisco insiste en ello con mucha frecuencia. No podemos dejarnos atrapar por la indiferencia. No podemos dar categoría de ‘normal’, de ‘aceptable’, de ‘inevitable’ a aquello que podría ser de otro modo o, peor aún, que es inaceptable. Sus llamadas recientes a la universalización de las vacunas y medicamentos que combaten el covid-19 son una muestra más. Las sociedades del siglo XXI no pueden vivir como si la esclavitud, el hambre o las desigualdades hubieran dejado de existir por mucho que se haya avanzado a la hora de combatirlas.

Estamos estrenando año. La situación de pandemia, prolongada ya durante meses, nos ha obligado a tomar conciencia de realidades que se nos podían estar escapando. A su vez, como la ola de frío y nevadas que ha afectado a amplias zonas de España, nos ofrece la oportunidad de valorar más servicios o recursos cuya relevancia descubrimos cuando nos faltan. No es extraño; así somos: algo parecido nos pasa con las personas, con la salud… Su ausencia nos ayuda a apreciar lo que antes dábamos por hecho.

Durante décadas asistimos tranquilos a las consultas de personas que decían haber olvidado las gafas. No nos dimos cuenta de que en realidad no habían podido aprender a leer. Hemos dado por supuesto que todos tenemos Netflix, vacaciones, red suficiente para seguir desde casa las clases, dinero ahorrado… Nos cuesta darnos cuenta de que muchas familias dedican horas y horas al año a hacer números y cuentas. Miles de españoles llevan meses haciéndolo mientras el discurso social se llena de referencias al confinamiento, los ertes, las horas de cierre…

No pocas personas (unas cuentas ya serían legión) carecen de techo y casa. Cientos (no digamos si contemplamos el planeta en su totalidad) se nutren de alimentos recibidos por caridad o benevolencia. No todo el mundo puede costearse medicamentos no cubiertos por la sanidad pública, horas de calefacción o luz eléctrica, cambios de ropa. Enero no es para todos el mes de las rebajas; miles de familias viven (o malviven) ya muy rebajadas.

Es tiempo de espabilar. Gracias a Dios, y a la bondad de muchos (que le confiesan y que no lo hacen), no faltan gestos de solidaridad. Gestos grandes y gestos pequeños, bien discretos, bien constructivos. Sumémonos al carro; empujemos juntos la pala que puede disolver estas nieves que no llaman tanto la atención. Un creyente no puede convivir con situaciones que claman claramente al cielo y desentonan nítidamente del proyecto que Dios tiene para todos. Es tiempo de seguir arrimando el hombro. Es tiempo de espabilar. Es tiempo de echar una (o dos) manos.

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