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Sant'Egidio: El Espíritu de Asís cumple 33 años en Madrid

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Los días del 15 al 17 de septiembre la Comunidad de Sant’Egidio, con el profesor Andrea Riccardi a la cabeza, ha convertido Madrid en capital del diálogo, convencidos como están desde el primer momento de que el diálogo salvará el mundo, y no las fronteras. Madrid, una ciudad construida por gentes venidas de toda España, y de otros puntos del globo, fue esa semana, un poco más si cabe, auténtica ciudad sin fronteras. Por ello, ayudados en la organización por la Archidiócesis de Madrid, congregaron estos días bajo el lema ‘Paz sin fronteras’ a más de 300 personalidades civiles y religiosas de diferentes confesiones para participar en debates, conferencias y mesas redondas, donde se abordaron temas como la justicia social, el cambio climático, la prevención de conflictos, las migraciones, el futuro de Europa o de América Latina, entre otros asuntos.

La cita comenzó el viernes 13 con un saludo de los organizadores a los periodistas, donde se sentaron las bases de la convocatoria. Así, el presidente de Sant’Egidio, Marco Impagliazzo, comenzó: “Estos días no viviremos la ONU de las religiones en Madrid. Más bien, queremos acercaros la responsabilidad que siente una parte de la Iglesia que toma una iniciativa a favor de la paz. Sant’Egidio propone, y trabaja para superar fronteras, y este año, en su 33º edición, Madrid acoge y participa”. Por su parte, el cardenal de Madrid, Mons. Carlos Osoro, completó diciendo: “Convocamos a todos los hombres de buena voluntad a vivir realmente bajo el título más hermoso que tenemos, el de llamarnos entre todos nosotros ‘hermanos’, pues todos tenemos un interés común”. Y continuó explicando: “Y ese interés es la mayor de las necesidades de todos los países y culturas, la paz. No muros, puentes. No descartes, encuentros”.

Pasados dos días, tuvo lugar la inauguración oficial. En ella, entre la multitud de presencias y representantes de países y religiones, destacó especialmente el mensaje del papa Francisco, que fue enviado por medio de una carta. “Distinguidos representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas, y de las grandes Religiones del mundo, con este saludo mío quiero deciros que estoy a vuestro lado en estos días y que con vosotros pido la paz al Único que nos la puede dar. En la tradición de estos Encuentros Internacionales por la Paz, la oración que sube hasta Dios ocupa el lugar más importante y decisivo. Nos une a todos en un sentimiento común, sin ninguna confusión”. Y a renglón seguido, nos alentaba a todos a “unirnos con un mismo corazón y una misma voz, para gritar que la paz no tiene fronteras. Un grito que surge de nuestro corazón. Es de allí, en efecto, desde los corazones, de donde debemos erradicar las fronteras que dividen y enfrentan”.

La inauguración del encuentro de este año, que coincide tanto con el 80 aniversario del inicio de la II Guerra Mundial, como con el 30º de la caída del muro de Berlín, contó de nuevo con un hermoso discurso del cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, volcado en este acto. "Somos personas para la relación, llamados a tratar al otro como un verdadero humano", destacó.

Por su parte, el fundador de la Comunidad de Sant'Egidio, Andrea Riccardi, apuntaba, “queremos hablar de paz de manera global, aunque se ha perdido el sentido unitario de esta gran idea. Los conflictos actuales, las amenazas de guerra y las fronteras sobrecalentadas provocan poca alarma. Nos hemos acostumbrado demasiado a la ausencia de paz y nos basta con que la guerra esté lejos de nosotros. Sin embargo en el mundo no hay garantías para nadie; garantías que solo la paz puede dar”.

El acto también contó, entre otras, con la intervención de la ministra de Defensa en funciones, Margarita Robles, del presidente de República Centroafricana, Faustin Archange Touadéra, -que agradeció a la Comunidad de Sant’Egidio el aliento al empeño de su país por transitar el camino del diálogo y la democracia- y del alto comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi, que heló la sangre de los asistentes a su conferencia dando cifras reales, como los 71 millones de desplazamientos en el mundo por la ausencia de paz, y la falta de respuestas que nuestras sociedades dan.

Finalmente, el primer día concluyó con la participación del rector de la Universidad de Al-Azhar en Egipto, Mohammad Al-Mahrasawi, que estuvo presente en el momento de la firma, en febrero del año pasado en Abu Dhabi, del “Documento sobre la Fraternidad Humana por la paz mundial y la convivencia común”, entre el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar. Aquello fue un momento histórico, cuando se dijo que las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre. Así, durante su conferencia en Madrid, Al-Mahrasawi, hacía suyas aquellas palabras, recalcando que “el terrorismo no tiene religión ni nacionalidad”. Y “no es cierto que el islam sea terrorista [...], su mismo nombre viene de paz”.

Ya el lunes y el martes tanto el Círculo de Bellas Artes, como el Instituto Cervantes, la Real Casa de Correos o el Seminario de la Archidiócesis de Madrid, acogieron simultáneamente veintisiete mesas redondas para abrir diálogo y encontrar soluciones conjuntas en el camino por la paz. Especialmente mediática resultó la presencia del Ministro de Asuntos Exteriores en funciones, Josep Borrell, en un panel que llevaba por título ‘Europa es necesaria’. El político socialista afirmaba que “Europa es un actor fundamental en la estabilidad mundial”, por lo que exhortaba a sus ciudadanos a “recuperar el orgullo de pertenecer a esta civilización”, y de transmitírselo a los jóvenes para que no olviden, “porque lo ven muy lejano, que Europa es un continente donde se venció a los totalitarismos y se devolvió a los ciudadanos la dignidad para poder vivir. Por eso Europa es fundamental para ayudar a construir un mundo mejor”.

Ese mismo día, pero ya por la tarde, hubo otra mesa que despertó enorme interés. En ella participaba el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, quien, tras los pertinentes agradecimientos a los organizadores, defendió la necesidad de ayudar a las familias que son “célula fundamental” tanto en la sociedad como en la inclusión del que viene de fuera, prestando una red de servicios sociales no meramente asistenciales. También comparó en su discurso la situación que viven otras ciudades europeas con respecto a Madrid. No en vano, participaba en un panel que llevaba por título ‘Vivir juntos la ciudad’ y en la que se sentaba junto al Card. Osoro, monseñor Michel Santier, obispo de Créteil, la alcaldesa de la ciudad polaca de Gdansk (Polonia), Aleksandra Dulkiewicz, y el vicealcalde de Sarajevo (Bosnia y Herzegovina), Milan Trivic.

De parte de la jerarquía de la Iglesia, resonaron con fuerza las voces de distintos cardenales y obispos. Especialmente reconocible resultó la del presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, Gualterio Bassetti, en la mesa redonda ‘Mediterráneo, cohabitación posible’. En ella, el arzobispo de Peruggia, advirtió que “si no trabajamos decididamente por la paz, no podemos llamarnos discípulos de Jesús”. “El Mediterráneo puede y debe ser la cuna de la paz en todo el mundo”, enunció el cardenal italiano que también afirmó que socorrer a los migrantes y crear corredores humanitarios es solo una solución a corto plazo, pero “necesitamos algo más profundo. Una solución en la que se implique todo el planeta”.

En una mesa redonda casi hermana de esta, pero en otro punto de la ciudad - ‘El racismo emergente’-, el preconizado cardenal Mateo Zuppi sostuvo una afirmación que también obligaba a mirar la actualidad con luces largas: “Todos podemos ser aliados del racismo. Con la indiferencia, por ejemplo”. Momentos después advertía también del peligro de quienes desde puestos de mando o de poder, instan a una política nacionalista. “Cuando se insiste siempre en que ‘primero nosotros’, es porque alguien habrá de venir después. Tal razonamiento es inaceptable para los cristianos porque cada vez que se abre el Evangelio, lo que viene primero es el prójimo”.

También debiera sobresalir en estas páginas la figura de uno de los teólogos de mayor talla intelectual en el Colegio Cardenalicio, el alemán Walter Kasper, invitado a reflexionar durante la mañana del martes en la mesa ‘Humanismo espiritual y globalización’. El presidente emérito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos urgía en la necesidad de un humanismo común que acompañe la globalización de nuestro mundo. Seguidamente, pasó a explicar dónde dicha espiritualidad habría de hundir sus principios “El humanismo espiritual se cimienta en una regla de oro. Una ley presente en cada religión y en el corazón de cada hombre”. Una ley que en un primer momento puede parecer vaga y difusa, pero que en el fondo mantiene lo principal del ser cristiano, es decir, el amor al prójimo. “Invita a mirar con los ojos de Jesús y ver que detrás de cada ser hay un sentido, una realidad profunda y sagrada”. Antes de finalizar su alocución, el intelectual germano advertía que la pérdida de esta visión espiritual nos lleva a la indiferencia y al descarte; camino que de seguir transitándose abriría las puertas “a la soledad de los pueblos y finalmente al neo-nacionalismo xenófobo”.

Esta serie de encuentros y paneles -27 fueron en total- culminaron la tarde del martes con una oración por la paz. Sin confusiones ni sincretismos. Cristianos, musulmanes, judíos, budistas y religiones de la India; cada cual según su tradición en distintos puntos de la ciudad, pero implorando una misma petición: diálogo allí donde hay guerra, cooperación en la lucha contra las grandes pobrezas y responsabilidad hacia tantos migrantes y refugiados que buscan casa en el mundo. Dios nunca nos divide, sino que nos une.

Terminadas las oraciones, procesionaron los líderes de estas a un encuentro con los demás representantes de todas las religiones del mundo, quienes junto a intelectuales, políticos, filósofos, y artistas se unieron en la fachada principal de la Catedral de la Almudena para alzar una misma voz y un llamamiento común: “¡Dios no quiere la separación entre hermanos!” De esta manera comenzó el momento final de estos tres días de encuentro, dando pie al discurso de sus organizadores. El primero en tomar la palabra fue el cardenal Osoro, visiblemente emocionado: “Para todos nosotros, estos días vividos en Madrid han sido un regalo”, comenzó diciendo. Continuó con unas bienaventuranzas que en realidad “han sido realizadas por todos nosotros durante estas jornadas. Yo solo transcribo y pongo palabras a lo que está en vuestro corazón:     

 

- Bienaventurados cuando escuchamos a quienes han sufrido en su carne la experiencia denigrante de la guerra, que muy a menudo viven a nuestro lado.

- Bienaventurados cuando descubrimos que la guerra constituye una grave y profunda herida que se inflige a la fraternidad entre los hombres, aunque se haga en lugares distantes a nosotros.

- Bienaventurados cuando ante tantos conflictos en el mundo, ninguno de ellos los vivo desde la indiferencia, sino que afectan a mi vida.

- Bienaventurados quienes se sienten cercanos a quienes viven en tierras donde las armas imponen el terror, la destrucción, y les hacen sentir su cercanía.

- Bienaventurados los que mediante la oración, el servicio a los heridos, a los que pasan hambre, a los desplazados, refugiados o viven con miedo, les hacen sentir su amor.

- Bienaventurados quienes convencidos de lo que significa la paz para los hombres, hacen llegar a cuantos siembran la violencia y la muerte, la noticia y la llamada a que renuncien al exterminio del hermano.

- Bienaventurados quienes asumen las vías del diálogo y el encuentro, del perdón y de la reconciliación para construir a su alrededor la paz y devolver la confianza y la esperanza.

- Bienaventurados quienes dedican la vida a hacer descubrir que el enemigo es un hermano al que tampoco podemos exterminar, sino que debemos convencer que no niegue el derecho a vivir del otro y de una vida plena para todos”.   

Tras el discurso del arzobispo de Madrid, tomó la palabra el presidente de la Comunidad de Sant’Egidio, Prof. Marco Impagliazzo, que desde el corazón de Madrid sostuvo una oración que a la vez fue también perfecto resumen de estos días: “¡El cielo es uno solo! Al cielo todos se dirigen rezando: tanto en la desesperación como en la alegría, tanto desde los precarios refugios bajo las bombas en Siria, como en el culto de las iglesias, de las sinagogas, de las mezquitas o de los templos. El cielo no es prisionero de las fronteras. Porque el Dios del cielo y de la tierra, de la paz y la misericordia es para todos”, exclamó el pensador italiano. Antes de finalizar su turno, quiso anunciar la sede del próximo encuentro: Roma, en octubre del próximo año 2020.

Momentos después escuchamos la voz del director de ‘Hermanos en Camino’, Alejandro Solalinde, quien trabaja con decisión para salvar vidas humanas en uno de los rincones más difíciles de nuestro planeta, el Pacífico Sur: El sacerdote mejicano expuso concisamente cómo la migración “es hoy el principal signo de los tiempos. Dios nos está hablando a través de ella. Las personas en situación de movilidad humana nos avisan que algo del mundo ya se destruyó en los lugares de origen y que hay que buscar condiciones de vida integral, igualitaria e incluyente. Los migrantes anuncian el fin de una cultura afectada por el materialismo consumista”.

Tras esta intervención, se propuso un minuto de silencio en memoria de todos aquellos que sufren cualquier tipo de violencia. El broche de oro lo puso la lectura de un acuerdo de paz, que firmaron los diferentes representantes religiosos en nombre de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Un grito unánime. “Quien usa el nombre de Dios para justificar la guerra, la violencia y el terrorismo profana el nombre de Dios”.

 

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