
28. LA CATÁSTROFE DE DAIMIEL
El día 9 de diciembre de 1866, pasaba camino de Portugal el tren real cuando ocurrió una verdadera catástrofe en la localidad de Daimiel, que en aquel tiempo contaba con unos 12.500 habitantes. Aunque las versiones difieren vamos a guiarnos por la más fiable, la del Cronista del viaje:
"Había en la estación de Daimiel y sus inmediaciones más de veinticinco mil personas esperando la llegada del tren: la niebla era densísima y apenas se divisaban los objetos a trescientos pasos de distancia; en tan críticos momentos llegó la máquina exploradora que precedía al tren a unos treinta kilómetros... Intentó frenar; indudablemente se habría evitado toda desgracia si la niebla no hubiera impedido ver claro. Confundieron la máquina exploradora con el tren real creyendo que pararía a una distancia determinada; se abalanzó hacia ella la multitud, y al llegar la máquina arrolló aquella masa de gente, produciendo el tristísimo desastre que privó de la vida a 5 infelices y dejó otros 26 contusos de más o menos gravedad. La Reina, a la que solo le dieron noticia de los heridos mandó que se les prodigase todo linaje de auxilios. Pero cuando llegó el tren real la multitud rompió las vallas de la estación y se agolpó sobre el tren... Poco faltó para que no ocurriera una nueva desgracia. Era inútil pretender salir... Silbaba la locomotora. Nadie se quitaba de en medio. Fue preciso que las autoridades empleasen la fuerza para apartar de la vía a la multitud".
El 16 de diciembre, a la vuelta del viaje, y una vez conocida por parte de los Reyes la catástrofe, desearon pararse en Daimiel de nuevo. Serían las 9 de la mañana cuando hicieron su entrada. Se calcula que pasarían de veinte mil las personas que se extendían por los alrededores de la estación. La comitiva se detuvo en la casa número 35 de la calle de Arenas, donde se hallaban los heridos del día 9, a quienes uno a uno, visitaron. Seguidamente se dirigieron a la iglesia de Santa María, donde el Arzobispo Claret celebró por los difuntos una misa. Quede aquí reseñada la anécdota curiosa de que el P. Claret se dejó olvidadas las gafas en esta iglesia, según consta en la crónica de la casa de Ciudad Real. Es muy posible que sean las que se encuentran en el Museo de la Curia General de Roma. A las 11 aproximadamente partía el tren de nuevo camino de Madrid.
Seguramente no fue una de las celebraciones de Claret más agradable y con menos tensión.
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