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23. ESCAPANDO DE LA MUERTE

Sábado, 29/08/2026

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23. ESCAPANDO DE LA MUERTE

La revista El Iris de Paz se hacía eco de la situación en España de la pandemia de 1918: “Familias enteras han desaparecido, y algunos pueblos pudieron avisar oficialmente que casi se había extinguido la epidemia porque ya no quedaban apenas vecinos en que pudiera cebarse”. Algunos claretianos, aunque les alcanzó también la enfermedad, sobrevivieron. Uno de estos fue el futuro gran misionero Francisco Onetti, de camino hacia su nueva misión en Colombia en el vapor Infanta Isabel. Oigamos algunos párrafos de una carta contando su experiencia: 

“El día 14 de septiembre de 1918 zarpó de Barcelona el magnífico trasatlántico español, llevando a bordo muy pocos pasajeros. El día 26 entramos en el puerto de La Coruña. Esta ciudad, como todas las del norte de España, ardía en terrible peste. Se nos aseguró que las autoridades del puerto ejercerían una escrupulosa vigilancia. Sin embargo, tuvimos que presenciar el embarque en los departamentos de proa de unos 700 trabajadores, contratados para la zafra de la caña de azúcar en Cuba. 

A las cuatro de la mañana zarpamos con dirección a Cuba. Los fuertes vientos y el frío intenso, los que hicieron estallar el terrible azote de la muerte entre los humildes pasajeros de tercera. Por la noche, a las doce en punto, lanzaba el buque un rugido lastimero y paraba sus máquinas. Los muertos eran empujados al portalón de carga de estribor; allí les rezaba yo un responso y, con un lingote de hierro al cuello, (que luego hubo que suprimir porque ya no alcanzaban) caían pesadamente los cuerpos al mar, produciendo un ruido de tumba que se cerraba y volvía a quedar abierta.

Desde un principio me ofrecí al capitán para asistir a los atacados. Aceptó mi ofrecimiento, aunque advirtiéndome que seguramente moriría, y que una vez mezclado con los apestados, ya no podría volver a subir a los departamentos de primera, ni de segunda clase. 

El día 6 me sentí muy atacado de la epidemia y creí morir. La fiebre era muy alta, la tos seca atravesaba como un cuchillo los pulmones y la espalda y era seguida de abundante hemorragia por ambos conductos nasales; tenía que permanecer tirado en el suelo boca abajo, apretándome con ambas manos las narices, llenas de sangre la cara y los vestidos. Los primeros días nos faltó todo, incluso la comida. Las autoridades de Las Palmas acudieron lo más pronto que les fue dado a ayudarnos con servicio médico y comestibles y empezaron pronto a conjurar la epidemia. 

El día 25 fue saludado con frenesí el Infanta al anclar frente al Lazareto, y por la tarde subíamos a él entre los abrazos de nuestros antiguos camaradas… En el cementerio quedaban 40 sepulcros queridos, ya que en ellos descansaban otros tantos compañeros de viaje. A mí me cupo la inmensa satisfacción de que casi todos los que murieron así en el barco como en el Lazareto, se fueron de este mundo con la absolución sacramental recibida de mis manos". 

En total murieron 141 personas en aquel viaje, incluido el capitán. Pero la pandemia perdonó la vida a un futuro gran misionero cuya historia podemos leer hoy en el libro escrito por el P. Angel María Canals titulado: “Un héroe de la selva”.

 

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