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Fragua-25: Al final de otro trecho de nuestro camino

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Juan Carlos Martos | El sábado día 2 de julio de este año de 2022 concluimos la Fragua-25. Llegamos a esta meta volante con buenas sensaciones. Hemos completado dos meses y medio dedicados de lleno a conocer un poco más nuestro carisma, orar más prolongadamente, peregrinar a lugares santos, reflexionar juntos sobre aspectos fundantes de nuestra vocación, compartir vivencias y celebrar en la fe y en fraternidad todo lo que hemos visto y oído.

¿Ha valido la pena? Es pronto para afirmarlo. Por sus frutos los conoceréis… o no, si es que se oculta la luz bajo el celemín del olvido o del descuido. La vida misionera no suele discurrir por medio de mutaciones asombrosas, sino por transformaciones muy lentas que ponen a prueba la paciencia y la esperanza. Nos queda la certeza de saber que recogeremos lo que hayamos sembrado. Y, aunque Dios puede permitir una excepción a esa regla, normalmente Él se ajusta a nuestros procesos y a nuestra mayor o menor colaboración personal.

Si hay algún signo característico de esta Fragua-25, según lo han expresado los mismos claretianos participantes, ese ha sido el grado de fraternidad vivido entre nosotros, aun siendo solo comunidad temporal. Justamente una de las carencias más acusadas en nuestra Congregación ha sido nuestro logro (modesto, ¿eh?) de esta ya casi concluida experiencia de renovación. Lo reconocemos sin ningún tipo de petulancia. ¿A qué se ha debido? Posiblemente por haber puesto interés y dedicación a dar un enfoque apreciativo a la dinámica conversacional que la ha recorrido de forma transversal de principio a fin nuestras actividades.

Volvemos de nuevo a nuestras comunidades de origen, con el deseo y el anhelo de poder contar lo vivido y, más que nada, a testificarlo con nuestro ejemplo humilde y visible. Agradecemos a quienes han colaborado a hacer posible esta experiencia, que no ha logrado esquivar del todo el COVID, ni los enrevesados trámites de visados y permisos. La gratitud es grande y dirigida a muchos: Al Gobierno General, en especial a la Prefectura de Espiritualidad y Vida Comunitaria; a la Provincia de Santiago, a los distintos Gobiernos de los Organismos aquí representados; a las comunidades locales comprometidas a suplir a sus miembros en tiempo de Fragua; a todas las personas que han intervenido en la logística, diversos servicios y funcionamiento; a quienes nos han acogido y servido; a quienes repetidamente nos han manifestado su oración y apoyo. Damos gracias a Dios de que nuestro hermano Daniel A. Monge llegara a tiempo de estar físicamente presente en la pascua de su padre. Y, por encima de todo, gracias sean dadas a Dios nuestro Padre ahora y por siempre por tanto como nos sigue dando, lo advirtamos o no. Y a María, Corazón inmaculado que nos ampara y sostiene.

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